Spain is different...

Todo va bien...
En este último año, España ha hecho firme y contundente su leit motiv más internacional: “Spain is different”. Vaya si lo es.
España es hoy un país que ha evolucionado en casi todos los aspectos. A día de hoy, nosotros, los jóvenes, podemos estar tranquilos gracias al nuevo Plan de Vivienda. Dispondremos, a precio de saldo, de unos prácticos y económicos pisos de 30 metros cuadrados, ampliables a 60 tirando un tabique en el caso de la convivencia en pareja. Es el modelo nórdico, se ha oído por ahí. Lo que no se ha oído es que la idea nórdica consiste en financiar la emancipación de los jóvenes con una paga mensual considerable.
Por otro lado, el poder político ya no reside en la zona central. La Moncloa es, hoy por hoy, un chiringuito vacacional para poderosos demagogos de países costeros, concretamente dos. Esta bajada de pantalones con tintes nacionalistas nos redirecciona a un determinado colectivo que ha hecho de estas bajadas un grito reactivo, poderoso y cada vez más importante y, por qué no, necesario en la sociedad. El empeño de este grupúsculo de individuos en proclamar una normalidad sexual inexistente ha fructificado finalmente y, tras muchos devaneos con otros gobiernos algo más serios –incluidos los antecesores de los hoy presentes-, por fin pueden sodomizarse bajo una relación jurídica legal que, por si fuera poco, incluye la destrucción del correcto crecimiento cerebral y hormonal de niños desgraciados.
Vivimos en un país en el que cada vez está más de moda desenterrar las hachas (en plural) de guerra para destruir el cerrojo de las cajas de Pandora (en plural). Unas cajas que, por olvidadas que parecieran, aún contienen odios de hace 20, 40, 60 u 80 años. El empeño en revivir estos olvidados - convenientemente para todos - fantasmas responde a una errónea idea de reconciliación con un pasado que es únicamente eso: el pasado. Los actos de barbarie contra centros culturales, al más puro estilo “cuchillos largos”, no estaban de actualidad desde hace decenas de años, por lo que la única causa achacable a los mismos en la actualidad es, muy probablemente, la conveniencia de que, en efecto, se desarrollen estos hechos con objetivos meramente partidistas (“así podemos decir que…”). Las enemistades entre los “lentos de reflejos” dentro de nuestro país con motivos de estas remembranzas son cada vez más presentes. Y digo “lentos”, porque las personas con cabeza están por encima de todas esas incompetencias.

Entrañable...
Actualmente soy, lo que se dice, un “facha”. Sí, así es. Algunos me llaman así porque he votado al PP, porque no me importa decir que me gusta la bandera de mi nación, porque adoro a mi país y lo que representa (o representaba). En cualquier otro país se considera un orgullo querer a su bandera, sea alguien de la ideología que sea, y el amor al propio país es una premisa de casi obligado cumplimiento moral. Aquí, a ese tipo de gente, se les llama “fachas”. Sin embargo, estoy tranquilo. Esta denominación la han establecido individuos que se sienten orgullosos de dar la espalda a los países más poderosos del mundo y que no tienen reparos en aliarse, e incluso armar militarmente, a dictadores de repúblicas bananeras. Muchos de estos sujetos, por curioso que parezca, vivieron bajo la sombra de uno casi 40 años. Pero en la vida siempre hay cosas que no cuadran.
Tenemos el gobierno que nos merecemos, el gobierno que hemos votado democráticamente. Desgraciadamente, muchos españoles aún no comprenden que el voto de unas elecciones debe estar regido por la cabeza, y no por el corazón. Esta semana, uno de los baluartes del nuevo gobierno, ejemplo él de objetividad, pluralidad, sinceridad y honradez, ha afirmado rotundamente que el PSOE lleva un año de gobierno sin víctimas terroristas, y se ha atrevido a acusar a la oposición de estar nerviosos por el hecho de que, con suerte, se consiga la paz “interior”. Este sujeto, que lleva deleitándonos todo un año con sus magníficas e influyentes declaraciones, ha olvidado que el cupo de muertes estará cubierto, al menos, durante 4 años. Algunos no olvidamos, señor Blanco. Pero claro, este es el gobierno del talante.
Nos hemos convertido, en pocos meses, en un Estado laico. Para algunos, el hecho de que el 90% de la población sea católica (practicante o no) es una simple anécdota, y no un legado histórico que hoy forma parte de nuestra idiosincrasia. La falta de respeto que ofreció nuestro gobierno ante el difunto Papa Juan Pablo II es una muestra de la falta de una ruta cristalina en las decisiones de nuestro país. Poco más tarde, algunos congresistas, fenomenalmente educados, quisieron rendir homenaje a la ideología irrespetuosa de su partido no participando en el minuto de silencio guardado en el hemiciclo por la muerte del Pontífice. Desgraciadamente, serán comunes futuros desplantes a la Iglesia y al nuevo Santo Padre, ese criminal de guerra nazi…
Las guerras políticas de los despachos han extendido su pestilencia desde los medios de comunicación hasta las competiciones deportivas. Hoy no existen periodistas en la mayoría de los medios, por mucho que algunos se quieran colocar ese cartel. Sólo existen locutores que, desgraciadamente, la mayoría de las veces tienen que salir al paso de manipulaciones informativas de su propia casa o de inoportunas declaraciones de colaboradores. A estos locutores les pasa como a nuestros “artistas”: todos quieren hablar, aún sin saber qué van a decir y cómo, y ninguno quiere entender lo que dice. Para entendimiento, tenemos a nuestros bohemios, a nuestros artistas liberales, a nuestros revolucionarios seguidores de la igualdad (siempre en casa ajena, claro está). Los adoro. Sobre todo cuando protestan por todo (sea o que sea, la cuestión es protestar) y luego se les hace el culo Coca-Cola por recibir un premio, y si viene de EEUU, mejor, que es ahí donde está la pasta. Pongamos que hablo de Sabinas, Bardemcitos, Ana Belenes, Víctor Manueles y Bosés, los mismos que encumbran y doran la peana de criminales de guerra.
Pero es lo que hay. Que en un año de gobierno los únicos logros notables hayan sido la aprobación de una Constitución Europea que ni sus creadores van a aprobar (pero claro, había que ser los primeros), la aprobación de la ley de matrimonios (no me convence la palabra) entre maricones – sí, sí, maricones, yo no me considero tan fashion y tan cool como para decir gay, que no significa NADA – y la retirada de una estatua (con el consiguiente ridículo y mofa europea)… pues da que pensar.
La fragmentación de España se prevé, a todas luces, inevitable. No tengo ni la más remota idea de cuándo acontecerá. Puede que el mes próximo, o el año próximo, pero se hará efectiva. Se empieza por un “archivo” (¿por qué no pedirán los castellanos la devolución de las tallas románicas del Museo Arqueológico de Barcelona? Ya puestos a pedir…) y se termina por desigualdades presupuestarias, antesalas obvias de autonomías e independentismos.

¡Yo amo a mi tierra!
El problema radica, y de una manera importante, en que, sorprendentemente, la oposición política al gobierno es totalmente roma. No es cuestión de rebatir y de fustigar irónicamente a los indocumentados gobernantes, sino de dar soluciones y de hacer ver a España, aún nuestro país, que existen soluciones, por mucho que algunos se empeñen en ocultarlas. Este es, sin duda, el gobierno de las minorías, pero los que queremos un buen gobierno aún somos mayoría y, por eso mismo, debemos ayudar a su efectiva consecución. Es lo que necesita nuestra nación, lo que necesitamos todos.
Y no necesitamos preocuparnos de quién va a ganar la liga… aunque siempre habrá algún indeseable reaccionario que se empeñe en hacer del deporte un tema político. Como si hubiera pocos…
Amén.








